Tango, manzanas y bótox

Por Beatriz Díez
Buenos Aires me ha recibido con los brazos abiertos, y las calles llenas de coches, como es habitual. Después de una estancia muy positiva en Santiago, continúo mi periplo por el Cono Sur, llena de ilusión y con la maleta mucho más pesada que cuando salí de Ámsterdam. En cada organización que visito me dan publicaciones, folletos, libros,  y todo el material se va acumulando dentro de mi ya maltrecha maleta.

En cada entrevista aprendo algo nuevo. Salgo de cada lugar con ideas nuevas, con algo sobre lo que meditar en el camino de vuelta al hotel. La grabadora me pesa en el hombro. Para que se hagan una idea, llevamos un bolsón de Radio Nederland en el que llevamos la grabadora, que no es tamaño minidisc sino bastante más grande. A eso hay que sumarle el micrófono, la bolita identificativa de la radio, los cables, el adaptador, la batería de reserva, la cámara de fotos, el cuaderno, los bolígrafos… en fin, que creo que a la vuelta de este viaje voy a necesitar visitar al fisio. O tendría que hablar con el Dr. Jorge Jarrot.

Pero no todo es trabajo. Por la noche salí a cenar con una buena amiga argentina, Inés. Antes de comer, paseamos por su barrio. Y nos encontramos con un corrillo de gente en un parque, donde un profesor de tango daba indicaciones para que la gente empezara a bailar. Nos quedamos fascinadas por lo que vimos: varias parejas de todas las edades bailaban al son de la música con una pasión y una dedicación admirables. Observábamos la escena desde fuera, esquivando las miradas de los hombres solos que veían en las mujeres allí presentes a una potencial pareja de baile.

De allí fuimos a comer a una parrilla y la conversación fue derivando en temas cada vez más livianos, hasta que llegamos al delicado asunto de la edad. Ninguna de las dos somos veinteañeras y uno de los hechos que nos demuestran de forma más clara el paso del tiempo es la pérdida de comprensión de la lengua juvenil que experimentamos según nos hacemos mayores. Yo, española, me quedé en el “qué guay” y “cómo mola”. Inés me contó que los jóvenes argentinos utilizan ahora la palabra “manzanas” como equivalente a ‘obvio’. Preguntas:: “¿Había mucha gente en el concierto?” y te contestan: “sí, ¡manzanas!”. ¿Quién lo entiende?

De ahí a que empezáramos a hablar sobre el bótox no pasaron más de cinco minutos.

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